La Cofradía de lo Imposible

Sesión II

9 de Exhílarus

Al tercer día, los cofrades decidieron que la fuerza bruta no iba a solucionar este problema; entre lanzas teledirigidas que drenan sangre, superhombres capaces de olfatearles el corazón a sus enemigos y más cultistas de los que era posible contar, optaron por una vía menos combativa: Hacerse pasar por locales.


Una de las cosas que Cassius había descubierto al infiltrarse en la procesión era que, al cubrirse con la sangre de un cultista, los guardias ceremoniales no parecían ser capaces de olfatear su verdadera naturaleza, haciéndoles efectivamente invisibles a estos centinelas. De esta manera, Noak, Seyfos y Kheldric se aprestaron a conseguir más de dicha materia prima ―dígase, la sangre de un grupo de malhadados sujetos que solo pasaban por ahí― y de paso conseguir algo más de información.


La obra no estuvo del todo exenta de problemas, sépase. Tras dar con un grupo de cultistas que pasaba su tiempo pescando en una pequeña laguna y atraerlos a las sombras de la jungla, Seyfos y Kheldric no se complicaron mayormente en conseguir lo que buscaban. Mas Noak, consciente de la inocencia de los individuos, se negó a tomar parte en tan macabra labor, valiéndole una dura discusión con el semi-dragón. Arrojando una pesada roca desde el aire y reventando al pobre tipo en un abrir y cerrar de ojos, Kheldric procuró que el entuerto no llegara a mayores.


Cubiertos con la sangre de los cultistas y hábilmente disfrazados, los tres cófrades se apresuraron a investigar; habían gastado varias horas recorriendo el contorno de la ciudad y preparando la emboscada, por lo que no tenían tiempo que perder.


El sitio al cual llegaron se encontraba en la parte baja de la ciudad, donde una vasta extensión de casas de madera ocasionalmente interrumpidas por pequeñas estructuras de piedra alojaba a lo que parecía ser toda la población de la urbe. Caminando por sus atiborradas calles, los cófrades pudieron observar algunas particularidades: Todos los cultistas llevaban sus cuerpos pintados, pero aquellos de mayor importancia usaban, además, complejos diagramas de colores vistosos; había mujeres en la ciudad, pero por lo visto todas habían sido capturadas en otras ciudades, siendo empleadas para realizar labores no solo domésticas, sino que también de trabajo pesado; y una serie de enormes obeliscos, formados por troncos de arboles retorcidos y rocas incrustadas cubiertas de brillantes inscripciones, se levantaban en múltiples lugares, sendos cristales de un intenso color rojo pulsando en sus cúspides. Más tarde descubrirían que su real propósito era el de conectar la sangre de todos los cultistas al dominio de los sacerdotes y del propio Kali’ma, pero por ahora todo lo que podían percibir era que el corazón y la cabeza parecían hinchárseles dolorosamente cuando se acercaban a ellos.


El periplo por la zona les permitió entablar conversaciones con algunos de los locales y entender mejor la realidad de la situación: La ciudad-templo estaba dedicada a Kali’ma, construida sobre ruinas anteriores luego de que los humanos que ahora la dominaban acabasen con casi todos los bashkhala, las temibles criaturas aladas originarias del lugar que ahora actuaban como custodios del Templo Carmesí y que habitaban en las cumbres montañosas cercanas, manteniendo una tensa y odiosa servidumbre a los hombres. El culto al Príncipe Demoniaco de la Destrucción, llamado el Ojo Ensangrentado, se estaba expandiendo agresivamente por Khurr, capturando a miles para, o bien convertirlos en fieles, o bien utilizarlos en los multitudinarios sacrificios que tenían lugar con alarmante regularidad. La guerra arreciaba por aquellos días entre el Ojo Sangriento y el reino mercante de Várundar, una nación devota al dios Mitra y la que más habitantes había perdido al creciente poder del culto; era justamente de aquel sitio que provenían las mujeres que los locales mantenían para que se hiciesen cargo de las tareas mundanas. Várundar había logrado mantenerlos a raya, pero tras la última incursión de paladines unos seis meses atrás, las fuerzas del reino habían aparentemente agotádose. Ahora era solo cosa de tiempo para que el culto de Kali’ma extendiese sus garras sobre el resto del continente.


Entre todo esto, los cófrades pudieron confirmar que, en efecto, un enorme sarcófago de hierro había sido traído a través de uno de los portales de la ciudad y que ahora se encontraba en el Templo Carmesí, en el corazón de la ciudad; el Sumo Sacerdote había proclamado que un nuevo avatar de Kali’ma se levantaría gracias a dicha reliquia y gobernaría la tierra. Las sospechas de Kheldric apuntaban a que el cadáver de Phaugloroth sería utilizado como huésped para el poder del Príncipe Demonio.


Cuajaron un plan para llegar al sarcófago antes de que aquello ocurriese: Resultó ser que un equipo de cultistas había sido designado para lidiar con una plaga de “gusanos de agua” que habitaban en los acueductos bajo el Templo Carmesí, con el fin de evitar incidentes en el día de la ceremonia. De alguna manera lograrían incluirse en dicho destacamento y, una vez en los acueductos, buscar la forma de acceder al templo. Era una apuesta, pero con apenas 48 horas restantes en el contrato inevitable, era lo mejor que tenían.


Manipulando a Sidaris, una de las mujeres encargadas de limpiar las vestimentas del sacerdote a cargo del destacamento, los cofrades lograron dar con la identidad de algunos de los miembros del equipo, procurando que fueran envenenados por ella para así abrir vacantes. Empleando ilusiones, mentiras y telepatía, Kheldric se hizo pasar por el mismísimo dios Mitra para empujar a la pobre mujer a arriesgar su vida por ellos, cosa que hizo gustosamente.

 

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C_Andreu C_Andreu

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