La Cofradía de lo Imposible

Sesión III

10 de Exhílarus

Ocultos entre los demás miembros del destacamento de limpieza, nuestros héroes se aprestaron a lidiar con lo que a todas luces era un mero trámite; después de todo, ¿que tanto problema podía provocar algo llamado “gusano de agua”?


La enorme masa gelatinosa que se abalanzó sobre ellos desde lo profundo de los acueductos fue respuesta suficiente; devorando y digiriendo a docenas de otros cultistas, vomitando millares de pequeñas larvas tentaculares con cada corte que le hacían y succionando cada gota de agua en el entorno a medida que avanzaba, la Cofradía decidió unánimemente que lidiar con gusanos de agua no caía dentro de sus funciones y procuraron escapar ráudamente en la dirección opuesta, los gritos y gorgoteos guturales de sus compañeros de trabajo sirviendo de incentivo para apresurarse.


Vagaron por los húmedos túneles por unas horas, intentando orientarse en dirección al Templo Carmesí. Eventualmente arribaron a una profunda cisterna subterránea en claro desuso, donde pudieron divisar una antigua barrera que había sido fuertemente tapiada en el otro extremo; alguna razón debía haber para ello. Calculando que se encontraban a cuando menos medio centenar de metros bajo la superficie, esperaban dar con un túnel antiguo hacia los niveles inferiores del templo y así pasar desapercibidos.


Lo que encontraron del otro extremo los confundió un poco, sin embargo. Un largo y frío túnel serpenteaba en las profundidades, su altísimo techo perdiéndose en la oscuridad. No había nada ni nadie, solo tres enormes y pesadas puertas metálicas en las murallas. Una de bronce, otra de hierro y una última de plata, no parecían tener manija o cerradura alguna, y el único detalle que las distinguía eran los grabados de feroces rostros de criaturas de aspecto abisal. Antiguos y parcialmente desvanecidos tallados cubrían las murallas, con figuras humanoides de rostros similares a los engastados en las puertas. Tras inspeccionar los grabados pudieron divisar imágenes alusivas a Kali’ma y a los bashkhala, así como a templos y rituales de incierta naturaleza. Según parecía, habían descubierto los restos de un antiquísimo complejo religioso construido por aquellas criaturas, otrora seguidoras de Kali’ma y amos de los bashkhala. La ausencia de menciones de estos seres previamente sugería que su existencia había sido olvidada o, tal vez, intencionalmente sepultada.


Como fuere, debían seguir; al final del pasillo se extendía una larga escalera que parecía llevar al resto del complejo… pero las misteriosas puertas metálicas eran demasiado tentadoras para no darles cuando menos una mirada. Con poco tiempo disponible, decidieron inspeccionar solamente una: La puerta de bronce. Sin preocuparse de los detalles, Seyfos se apresuró a desintegrarla mágicamente, revelando un amplio salón circular iluminado por una fuente desconocida. En el centro, descansando sobre un pedestal de piedra, se encontraba una solida estatuilla de bronce, una representación de aquellas mismas criaturas de salvajes rostros, sendos colmillos y macizos cuerpos que adornaban las puertas y murallas.


Un cosquilleo en la nuca hizo a Cassius detener a Seyfos, quien se preparaba para entrar. Buena cosa, vierase, pues acto seguido el ladrón arrojó una moneda al interior de la habitación, para verla repentinamente aplastada por una fuerza invisible, tan poderosa como para convertirla en una delgada hoja de cobre. Frustrado, Seyfos intentó por todos los medios sortear aquella barrera, mas no fue capaz de dar con una solución; todo lo que pudo percibir fue el monumental poder que emanaba de aquel ídolo, una “fuente de poder inconmensurable” como le fue susurrado por uno de sus conjuros de adivinación. Rechinando los dientes de rabia, finalmente accedió a dejar de lado aquel asunto y proseguir con la misión, aunque prometiendo que eventualmente volvería.


Un vetusto juego de palancas al final de la escalera hizo que la enorme barrera de piedra se moviese a un costado, revelando un claustrofóbicamente estrecho pasadizo que, unas cuantas docenas de metros más allá, desembocaba entre las sombras de un enorme salón de inmensas columnas. Un bracero de diez metros de diámetro descansaba sobre un promontorio en el centro, del cual emanaba un calor infernal. El fuego iluminaba las inscripciones sobre los muros, que nuevamente parecían dar pistas sobre la naturaleza del lugar: Esta vez lucía como que los bashkhala eran el objeto a comunicar, en un relato pictográfico que los mostraba destruyendo a los misteriosos gigantes demoniacos y posteriormente dominando a los humanos. Parecía ser que el sitio donde se levantaba la ciudad-templo había cambiado de manos múltiples veces a través de las eras, con una raza tras otra haciéndose con el poder y la gloria, abrogándose para si el culto a Kali’ma. Aparentaba ser que el Príncipe Demonio disfrutaba ver a sus propios seguidores destruirse y devorarse unos a otros.


En fin. No había tiempo para la arqueología; seguramente se encontraban dentro del complejo, pero era imposible saber que tan lejos estaban de su objetivo. Aprestándose a cruzar el salón, esperaban encontrar la manera de dar con el sarcófago una vez ascendieran a la superficie. Solo debían….


Una profunda y malévola risa llenó cada rincón de la cámara como una niebla aceitosa, a medida que las llamas en el bracero cobraban fuerza. El fuego se avivó, creciendo hasta casi tocar el techo, y un torbellino incendiario se descargó sobre los cófrades, quienes debieron acudir a sus defensas mágicas para evitar ser calcinados. Tras descubrirse los ojos, pudieron ver ante si la enorme figura de un efreet, ataviado en opulentos ropajes y cargando incontables alhajas del más refulgente oro.


“¿Setenta siglos esperando y ESTA es la clase de inmundicias que me visita?”
 

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C_Andreu C_Andreu

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