La Cofradía de lo Imposible

Sesión IV

Por breves instantes, la confusión se apoderó de la Cofradía. ¿A donde demonios se habían ido a meter? No importaba, teñían un trabajo que hacer y sabían que los riesgos podían ser altos. Si eso incluía enfrentarse mano a mano con un ser del fuego más elemental, bien pues, a batirse.


Observando los atavios del efreet, Seyfos logró recordar algo de sus estudios sobre las complicadísimas sociedades de los genios que habitan en los Planos Interiores. Parecía ser se encontraban ante un importante aristócrata de la Ciudad de Bronce, a juzgar por los símbolos urdidos en sus ropajes; un jerarca de algún tipo, incluso. Empleando este conocimiento, el hechicero intentó entablar una conversación con el incendiario sujeto.


Fue así como descubrieron que el efreet, quien se identificó como el Sultán Badur Al’Haffar, había sido capturado más de siete mil años atrás por los bashkhala, con el objetivo de torcer su voluntad y convertirle en un sirviente de Kali’ma. El efreet había resultado un hueso duro de roer, sin embargo, y con el derrumbe del imperio bashkhala fue olvidado en aquel salón.


Luego de determinar que los cófrades no tenían relación alguna con sus captores, les ofreció un trato: Su libertad a cambio de ayuda en la consecución del Sarcófago, para lo cual sería necesario que dieran con las braceras de oro que le mantenían atado a aquel sitio y destruirlas. Simple.


Por otro lado, pensó Seyfos para si, el Sultán no estaba precisamente en la mejor de las posiciones para negociar. Tentando su suerte, optó por ignorar el interés de sus compañeros en cerrar el trato y en su lugar amenazar al genio: Lo dejarían libre, si, pero la recompensa habría de ser substancialmente mayor. Groseramente mayor, incluso. Y si no le gustaba, bueno, otros setenta siglos….


Esto no cayó muy bien con Al’Haffar; con cada palabra de Seyfos crecía su indignación, y con ella la temperatura en el salón, al punto de que las defensas mágicas que los cófrades habían traído consigo se volvieron insuficientes. El hechicero, teniendo la sangre de un dragón rojo corriendo por sus venas, no tenía mayor inconveniente en soportar el feroz calor, pero no tanto así sus compañeros, para quienes la situación se volvió rápidamente insostenible. Eventualmente, incluso la resistencia natural de Seyfos parecía no bastar hasta que, a poco de que todo el sitio se volviese una pileta de roca fundida, el resto de los aventureros logró hacerle entrar en razón y dejar de lado aquel plan. Liberarían al efreet y este les ayudaría a conseguir el sarcófago, punto.


Tardaron varias horas en explorar las profundidades del sitio, que claramente había sido alguna vez un extenso complejo religioso de los bashkhala. Lucía abandonado desde hacía mucho, y los restos de antiguos relicarios y sus defectuosas barreras arcanas servían para simultáneamente atraer la atención de los cófrades y sacudirles con mortíferas descargas de magia salvaje. Espectros compuestos de arena, peligrosas varas centelleantes, orbes capaces de generar el más espantoso frío y el peso de una invisible pero constante presencia que parecía vigilarlos en todo momento fueron algunas de las cosas con las que tuvieron que lidiar hasta que, en lo profundo de una mugrienta pileta llena de aguas estancadas, lograron dar con las braceras doradas que ataban al efreet.


Llevándolas ante el Sultán, Noak las partió en dos, finalmente dejando libre a Al’Haffar, quien de un momento a otro ocupó la totalidad del sitio con su incandescente presencia. Dignándoles considerablemente más palabras de las que un genio normalmente se prestaría a otorgar a meros mortales, el efreet agradeció efusivamente a sus emancipadores, aunque no sin antes dejarle un doloroso recuerdo a Seyfos: Un anillo de bronce que se fundió con su carne, un castigo por su orgullo e intento de manipularle, objeto que, algún día, obligaría al hechicero a acudir en ayuda del aristócrata flamígero. Con eso dicho y hecho, Al’Haffar se esfumó.


Sin darles ayuda alguna.


Tras salir del corto estupor que involucró el verse completamente estafados por un efreet, los cofrades dieron una mirada de reojo al contrato inevitable, lo que surtió un incomodo pero útil efecto en motivarles a olvidar el asunto y apresurarse. Recorriendo con rapidez los túneles y salones que ratos antes exploraron acabadamente, la Cofradía hizo uso del colapsado techo del espacioso mausoleo bashkhala ―desde cuyas profundidades emanaban gemidos y pulsaciones tenebrosas que prefirieron no indagar― para arrastrarse hasta la superficie, emergiendo en un costado del Templo Carmesí.


De pie en el centro de la extensa concavidad de pasto que rodeaba el templo y ocultos por la sombra proyectada por la colosal estatua de Kali’ma que se alzaba sobre el edificio, pudieron ver a los millares de cultistas que en aquel preciso instante participaban de una ceremonia religiosa. Repartidos en incontables legiones de vistosos colores y flanqueados por sacerdotes y cazadores, los seguidores del Príncipe Demonio entonaban una grave y monótona serie de cánticos que hacían vibrar el espeso aire tropical, mientras que escuadras de refulgentes bashkhala les custodiaban desde el cielo.


Recorriendo cuidadosamente el costado del templo, se colocaron en posición para observar el altar mayor, donde pudieron divisar al Sumo Sacerdote y su extenso destacamento de acólitos vertiendo ingentes cantidades de sangre sobre un inmenso bloque de oscuro metal – el Sarcófago de Hierro.


Era, a todas luces, el peor momento para actuar, por lo que por supuesto actuaron. Disparándose como flechas por los aires Kheldric, Celestia y Seyfos se abalanzaron sobre el Sumo Sacerdote, mientras que Vander, Cassius y Noak se abrieron camino a punta de golpes entre la masa de cultistas.


El alboroto rápidamente se contagió a la multitud, y el valle se inundó del salvaje griterío de veinte millares de gargantas furiosas y anonadadas. El plan de los cófrades consistía en hacer rápido trabajo del Sumo Sarcedote y sus lacayos, cogiendo de alguna manera el Sarcófago y escapando ráudamente por un portal, antes de que la marejada humana les devorara como pirañas.


Blandiendo dos poderosos cetros ―uno culminado en un enorme rubí, el otro en un alucinante zafiro―, el Sumo Sacerdote demostró ser un contrincante peligroso, mientras que los escuadrones de bashkhala descendieron sobre nuestros héroes como aves de rapiña. Empleando toda clase de artimañas y fuerza bruta para separar a sus enemigos y así ganar algo de tiempo, los aventureros evitaron ser alcanzados de lleno por la carga de las criaturas aladas, pero tras sopesar de reojo el tamaño del Sarcófago, cayeron en cuenta que el asunto era más complicado de lo que habían juzgado.


La atronadora risotada que emanó desde las entrañas de la tierra hizo que todos pausaran por un instante, seguida de una brillante nube de fuego que se abrió camino desde las fundaciones del Templo Carmesí, extendiéndose por el lugar como una marejada. Al’Haffar regresaba para cumplir su parte del trato y, en el proceso, incinerar tantos cultistas y bashkhala como le fuera posible. Para cuando finalmente se retiró, desapareciendo en el cielo en una tormenta flamígera, la ciudad-templo era un humeante cementerio de figuras chamuscadas, dándole a Kheldric el tiempo suficiente para derrumbar los escudos mágicos del Sumo Sacerdote y dejarle el paso libre a Noak quien, de un solo y certero hachazo, le partió en dos de pies a cabeza. Los cultistas y bashkhala que habían logrado sobrevivir se replegaron, conscientes de que, al menos por ahora, no había más que pudieran hacer. 


Cerrando el sarcófago por seguridad ―el retorcido cadáver de Phaugloroth flotaba en su interior, todo revuelto en una fétida y grumosa sopa de sangre― y haciéndole levitar, se aprestaron a regresar a casa, aunque en el proceso Seyfos y Vander casi pierden la vida al emplear con demasiada ligereza un conjuro de teleportación. De no ser por la magia curativa de Celestia horas más tarde, habrían pasado el resto de sus días con sus cuerpos deformes y trastocados. No era precisamente la clase de celebración que tenían planificada.


Arribaron nuestros héroes al arco de piedra por el que habían primeramente entrado a este mundo, enviando a Seyfos a Gehena para que trajese el cubo negro del navío de Loth y, mediante este, poder abrir finalmente un portal de regreso a Sigil.


La sorpresa que se llevó el orco que en esos momentos hacia uso de las instalaciones letrinarias del Cuchitril Inmundo no fue menor, toda vez que un enorme bloque de metal se abrió camino desde el poso negro bajo su trasero, de paso despedazando parte de la estructura. Alessa, aparentemente detectando la apertura del portal, se materializó a partir de una ráfaga de cenizas, observando en silencio la labor de los abatidos, exhaustos y descompuestos, pero por sobre todo victoriosos, aventureros. Señalándoles que ella se haría cargo desde ahí, dejó a la Cofradía para que regresasen a sus aposentos y, de buena vez, se dieran un merecido descanso. 

 

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C_Andreu C_Andreu

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